Graffiti: ¿Un medio de expresión legítimo?
A lo largo de la historia y a través de diferentes mecanismos, el ser humano ha logrado expresar sus pensamientos y emociones, desde los más banales hasta los más espirituales. La elevación del arte como expresión máxima estética solo ha reafirmado la importancia de lo visual en la vida del ser humano.
Han existido numerables ejemplos de arte trasgresor, que causó polémica en su época, como lo hace el graffiti. Las damiselas de Avignon es una muestra de arte que en su época causó rechazo y controversia. El cubismo de Picasso -la representación casi bestial de las mujeres en la obra y el uso poco real de los colores causaron que la crítica en 1907 se mostrara muy fuerte en su contra.
La verdad es que el arte es relativo, o más bien su apreciación y valoración: lo que uno considera como estéticamente atractivo puede ser lo opuesto para otro. Tal fue el caso de La fuente, de Marcel Duchamp, artista dadaísta francés, que no es más que un urinal común y corriente colocado sobre un pedestal, creado en 1917. El mensaje crítico de Duchamp es que se acepta cualquier creación u objeto como arte, así sea la representación de lo más cotidiano y hasta repugnante. La validez del mensaje emitido por Duchamp con su fuente es que la interpretación del espectador es el que asigna valor artístico a un objeto –como dice el viejo adagio inglés: "La belleza está en el ojo del que mira".
Manteniendo esta premisa, podemos decir que el graffiti es valorado por unos, como puede ser rechazado y tildado como una manifestación negativa por otros. Pero en el caso del graffiti, lo que legitima su existencia es el deseo comunicativo y expresivo de su autor. Mientras que para unos La fuente de Duchamp puede ser meramente un urinal sin valor artístico, y por esta razón pierde legitimidad dentro de la relatividad de su apreciación; el graffiti por su intención expresiva de manifestar lo que el individuo no logra exponer a través de otros medios se legitima. El hecho de que un graffiti esté sobre una pared es resultado del deseo comunicativo de un individuo, y por más que su apreciación sea relativizada por el juicio subjetivo del espectador, el acto, la intención comunicacional es válida. Al urinal se lo puede desechar como basura, estéticamente hablando, pero tanto su intención expresiva como la de un graffiti debe ser reconocida como una determinación manifiesta válida.
Lo que para muchos descalifica al graffiti como un medio de comunicación válido es el hecho de que se impone sin consideración alguna sobre el espacio de la ciudad, afeándolo para muchos, ensuciando el paisaje urbano. Un grito de protesta o de exclamación tiene el mismo valor comunicativo que un graffiti, pero con el antecedente de que el escrito urbano permanece visible hasta que alguien lo cubra.
Es importante reconocer la validez de todo tipo de expresión individual o colectiva. Siempre habrá la polémica sobre como el graffiti y sus creadores deberían respetar los espacios ajenos y públicos, pero bajo la interpretación de estos segundos, los espacios públicos y las superficies urbanas son lugares de congregación social y vitrinas donde el ciudadano se muestra y se mira, convirtiéndolas en portadores propicios de sus mensajes.
Al final de cuentas, la pregunta propicia es: ¿Quién tiene la autoridad moral para decidir qué tipo de expresión es legítima y cuál no?
Extracto de un fragmento del tercer capítulo de mi tesis de grado. © 2010, no se puede reproducir este texto ni en su totalidad, ni parte de él.



January 11th, 2011 - 15:05
Creo que aquí hay un error de concepto Hotchoclo. El graffiti en sí mismo no es arte, es un plataforma del arte. Un único graffiti puede ser arte y muy bueno. Sin embargo, asociar graffiti con arte en una unión inherente, creo que es demasiado aventurado y defensivo. Las palabras graffiti y arte no van necesariamente unidas. Lo que si estoy de acuerdo es que un, uno, único, graffiti puede ser arte.
January 11th, 2011 - 18:49
Jota, gracias por tu comentario.
Creo que mal interpretaste la esencia de lo escrito: en ningún lado digo que el graffiti es arte, lo que hago es un paralelismo entre el graffiti con obras artísticas polémicas que en su momento hicieron que se cuestione su validez. El paralelismo yace en que, como dije en el post, el valor comunicacional del graffiti (por más que al receptor le parezca bien o mal que la superficie de la ciudad sea el “lienso”), es la intención expresiva del emisor, algo parecido con Duchamp y su urinal. Por más que “la obra” no sea más que un urinal vil y silvestre, la intención artística es la que le ha asignado valor a ese vil y silvestre urinal.
Lo mismo sucede con el graffiti. Tal vez a alguien le parezca que la acción de pintar una superficie “ajena” nulifica lo pintado, pero yo digo que un graffiti, al igual que un discurso, una conversación o un ensayo, tiene validez como mecanismo expresivo y comunicativo. Otra comparación, el que el reggaeton no cabe dentro de mi sistema de gustos y preferencias musicales no anula la validez de su propuesta e intensión musical. (También me refiero únicamente al graffiti textual, que suele tener un claro mensaje y una dinámica comunicacional tradicional: E->M->R).
Ahora, que si el graffiti es arte… es un dilema muy complicado. Supongo que dependería en dos cosas, la muestra específica de graffiti y en la persona que lo mira/lee. La relatividad de la apreciación artística es infinita…