La tierra desde el espacio
Un hermoso time lapse de la tierra desde la Estación Espacial Internacional:
Earth | Time Lapse View from Space, Fly Over | NASA, ISS from Michael König on Vimeo.
Paseando por el Campus – fotos
Y se vino el Campus Party a Quito. Este miércoles, 19 de octubre se inauguró lo que muchos llaman el evento tecnológico más importante del mundo.
Conferenciantes, gamers, modders, geeks, astrónomos, perdidos y mucha tecnología se congregaron en la mitad del mundo, en el centro de convenciones CEMEXPO para acampar (y dios sabe qué más) y tratar todo lo relacionado con la tecnología durante 5 días.
A continuación comparto algunas fotos, curiosidades más que nada, de lo que ha sido hasta ahora el #cpquito.
Foto-Guía: La luna
Les comaprto una foto de la luna, con los detalles de exposición y distancia focal.
El equipo usado fue un trípode cualquiera, un Canon EOS Rebel XSi, y un lente 75-300mm f/4.0-5.6
Conceptos: Repetición
Hace mucho tiempo hice una lista de diferentes conceptos fotográficos que quería explorar, reforzar y poner en acción. Por fin pensé, busqué, encontré y tomé algunas fotos para el primer concepto: Repetición.
Al buscar repetición dentro del aspecto urbano en el que vivo, pensé en un edificio. Las líneas rectas se repiten a lo largo de su fachada. Las ventanas se repiten. En sí, un edificio es la expansión de la repetición, elemento arquitectónico que utiliza para dar uniformidad y sentido de unidad.
Pensé en el edificio Benalcazar Mil de Quito que tiene una particularidad: los marcos de las ventanas no son tradicionales - las esquinas de estos umbrales se alternan de alto a bajo, y lo opuesto el el lado inferior. Supongo que es difícil de explicar, pero viendo las fotos lo entenderán y verán cómo se forma esta repetición extraña a lo largo de la fachada de este edificio quiteño.
Graffitis del Mundo – Psicología clínica
Desde Portugal, gracias a la Psicóloga María Isabel Yerovi.
El cuchitril
El techo del tercer piso -lugar que he ocupado como mi habitación, cae diagonalmente a su lado sur. Entre la pared oriental y la columna para la chimenea de la casa, queda un espacio vacío de aproximadamente un metro. Dentro de ese espacio, como si fuera parte de un rompecabezas de madera y cemento, entra perfectamente, cual piedra masiva de construcción maya, un extraño mueble café, el escritorio de computadora de este, mi cuchitril.
Lo diseñé con estas mismas manos que escriben estas palabras. Un cajoncito retraible entra y sale, portando un teclado, el monitor entra perfectamente en su espacio asignado, junto al equipo de sonido. Una pequeña tableta digital para dibujar y editar fotos. La impresora entra a la medida en su compartimiento debajo de la superficie principal, aunque ya esté obsoleta. Pequeños espacios para portar papeles están lánguidamente decorados por más papeles, un metro negro y amarillo y discos cuyo contenido no recuerdo si alguna vez importó. Encima del espacio principal, donde habita la pantalla plana, proyectora de luz e imágenes, hay tres profundos espacios isométricos. Llenos de pendejadas.
Por la caída diagonal del techo, queda un espacio remanente triangular encima del escritorio, donde cajas de discos de música y de algunos juegos habitan una vieja torre de CDs, como si fuera un antiguo y desusado condominio urbano. Más tonterías regadas encima del escritorio, prominentemente juguetes de otro milenio: Darth Vader, R2D2 junto a Superman y Batman, un esqueleto metálico de un estegosaurio, y ante todo, en primera fila, un figurín de Spike Speigel lanzando una de sus temibles patadas estilo Bruce Lee. En la retaguardia, una bola de disco, que algunas veces emana giratoriamente haces de colores cuando decido apagar las luces y subir el volumen.
El cuaderno donde he tomado algunas decenas de páginas de apuntes, notas e ideas para la recién culminada tesis permanece tendido, como herido de una guerra intelectual, sobre la mesa. Al otro lado de la tableta digital, un libro sobre graffitis intenta llegar a rescatarlo, o a brutalmente acabar con él.
Como pedestal para mi mouse (de última tecnología, por cierto), uso a mi pobre trompeta -ya cansada de su vida travesti: por ser altar de un roedor digital y por ya no cantar notas musicales brillantes como lo hacíamos en nuestra infancia.
Un poncho de lana recubre el frío plástico de mi silla negra, que a altas horas de la noche parece tener raíces directas a la gélida Siberia de Dostoyevski (mi papá insistió que lea Crimen y castigo a los 13 años. No recuerdo si lo acabé).
Una reimpresión de una fotografía de la iglesia de Guápulo de 1890 se ubica de manera titular en el pequeño espacio que queda bajo el techo caído, rodeado de fotos de mi bailarina flamenca, mi hermana y yo de pequeños mocosos, y algunas fotos de contacto en blanco y negro. Al otro espacio del mueble extraño, más fotos -de mis días de estudiante universitario en el extranjero, un par de fotos tomadas y ampliadas por, nuevamente, estas mismas manos, y un pequeño pizarrón blanco donde con marcador negro y rojo tengo anotada información que parece estar codificada (solo yo entiendo el entuerto de nombres de bandas, fuentes de computador, números y cómics).
El desorden tiene su lógica, el desorden es mío. Podrá no aparentarlo, pero todo tiene su lugar, su espacio específico donde es acompañado por más y más cosas que parecerían puestas ahí por un huracán.









